De un tiempo a esta parte, estoy intentando que mi casa en Chile, donde vivo con mi marido y mi hijo, se parezca a mi casa, donde crecí en Buenos Aires. No porque haya tenido una linda decoración (que la tenía, por cierto) o porque haya sido muy espaciosa (que no lo era), sino porque necesito sentirme en un lugar seguro, calentito y mullidito. Donde pueda acurrucarme tranquila el domingo a la tarde.
De un tiempo a esta parte muchas cosas han cambiado en mi vida, hace un poco más de un año y medio, yo andaba por la vida despreocupada, viviendo lo que me tocaba cada día. Me levantaba a la mañana, me tomaba un litro de café para empezar el día, y salía a trabajar, como cualquier persona que gana un sueldo, para después -el día 2 de cada mes- darse cuenta que tras pagar las cuentas, no le que quedó casi nada. Pero no importaba, porque era feliz. Un departamento chiquito, un auto chiquito, un perro chiquito, pero grandes expectativas, feliz cada fin de semana esperando ver donde nos íbamos de viaje, o donde salíamos a comer. Vivía mi vida como algo dado, algo natural, un paso más en esta vida de adulta, que a veces apalea, pero otras veces recompensa.
Todos los lunes me llamaban mis viejos desde Buenos Aires, a las 9 de la noche, como un reloj. Y si no estaba el lunes me mandaban un mail preguntando que había pasado… como si uno viviera tan pendiente de todo! Cuanta rutina por Dios! Pero bueno, a los casi 70 de mis viejos, el lunes era el día, y yo estaba ahí, firme como rulo de estatua, para hablar con ellos y contarles casi siempre las mismas cosas, las buenas, las malas y las regulares. Que mi jefe, que el trabajo, que el perro, que los proyectos… cuantos proyectos! Cuantas cosas para delante! Toda una vida por vivir, miles de expectativas y de sonrisas que vendrían con proyectos futuros… la casa propia, el hijo propio, el auto mas grande...las vacaciones, el viaje que todavía no pude hacer… pero todo llegaría, a su debido momento. Porque aunque siempre fui muy desordenada y muy trotamundos, yo tenia un plan… un plan que no se iba a salir de su cauce... casarme, tener una linda fiesta, comprar la casa, tener hijos, invitar a mis viejos de vacaciones para que disfruten de sus nietos… todo… absolutamente todo en mi mente. Y lo estaba cumpliendo al pie de la letra.
En diciembre del 2008, empezamos a buscar una linda casa para comprar, con el que hasta ese momento era mi novio, y buscamos, y buscamos… y nos cansamos y nos fuimos de vacaciones. Ya era Enero. Y siempre los lunes el llamado de los viejos, aunque estuviera en la playa, en los Himalayas o en Plutón. Si no había señal de celular, cuando ellos llamaban, se activaba el satélite… no se como hacían... magia tal vez...
En esas vacaciones, el lunes, el teléfono no sonó, me pareció raro, pero ellos también tienen derecho a los olvidos… y el teléfono sonó el jueves. Como un mal presagio, me decían que mi mamá “se sentía medio mal y que estaba internada en el hospital”… pero también dijeron “no es nada, parece que comió mucho durante las vacaciones” y yo me quedé tranquila-intranquila.
Volvimos a Santiago y empezamos la rutina de nuevo, trabajo, seguir paseando al perro, seguir buscando casa… y llegó la noche, el vacío y la oscuridad. El teléfono empezó a sonar cualquier día. Sonaba los martes, los jueves, los sábados… y yo no quería atender… simplemente no quería que sonara… cada vez que escuchaba el “ring” se me paralizaba el corazón…viajé a Buenos Aires en ese tiempo muchas veces, fui y vine, yo que soy una amante de los aviones, comencé a detestarlos… hasta que un lunes, a las 10 de la mañana mi papá me llamó al trabajo. Me llamaba para avisarme que tenía que tomarme el maldito avión, para despedirme de mi mamá… porque estaba muriendo. Mi jefe en ese entonces, -una persona que considero hasta el día de hoy una excepción a la regla- me dijo “andate, y volvé cuando vos considere que tenes que volver”. Armé el bolso, me despedí de mi novio, de mi perro chiquitito, y me fui. Fue el peor vuelo de mi vida, el más solitario, el más desgarrador y el más angustiante. Ezeiza, que siempre me pareció la puerta a la felicidad de mi casa, me parecía oscuro y feo, gris, y triste. Y ahí estaba mi papá, esperándome. Nos fuimos directo al hospital, no recuerdo mucho de ese viaje… mi papá trataba de animarme, y yo lo abrazaba... intentando contener las lagrimas que me brotaban solas… no se explicarlo, solo salían y salían, y no podía pensar. Al llegar al hospital, la habitación de mi madre estaba repleta de gente, de amigos, de parientes, estaba mi hermano, mi cuñada… no me acuerdo mucho, solo se que había mucha gente. Y ahí estaba, mi mamá, con la mirada fija en el techo, con una mascara de oxigeno…era una sombra de lo que había sido en su vida, pálida, perdida… sin fuerzas… lo que si recuerdo fue que me vió y se le iluminaron los ojos, no se de donde sacó fuerzas para incorporarse, se sacó la mascara y me dio un beso. El ultimo beso. Después, se puso la mascara de nuevo y a los cinco minutos, se durmió. Nunca más despertó. Me conformo con pensar que me estaba esperando para despedirse, para darme un ultimo beso de los tantos que me daba cada mañana y cada noche antes de dormir, aunque ya tenia mas de 20 años cumplidos. Nunca los rechacé, siempre los atesoré. No me despegué de su cama por tres días. Simplemente, me limité a tomar su mano y tenerla en mi cara, como cuando yo necesitaba consuelo y ella me consolaba en silencio al lado de mi cama. Sentada, dulce y comprensiva.
A las 5 de la mañana del 14 de Mayo, sonó el teléfono, mi mamá ya no estaba. Se había ido. Yo me limité a sentir, físicamente, como una parte de mi se iba con ella. Lloré días y meses. Ahora también lloro, pero sé que de alguna manera está conmigo. Siento cada día sus manos en mi cara, sus palabras aun me dan consejos, y de vez en cuando, cuando tengo suerte, siento su risa en el aire.
Curiosamente, cuando volví a Santiago, compramos la casa que queríamos. Siempre pienso que fue obra de ella, que siempre decía “nena, los ladrillos no se desvalorizan”. Por eso a mi casa, le puse un cartel en el frente que dice “Lo de Chona”. Entre las cosas que me dejó mi mamá encontré una bolsita con plata que decía “espero que te sirva para hacerte una linda cocina y lindos placares, te amo, mamá”. Ahora tengo una hermosa cocina, no hice placares, pero le hice un cuarto enorme a mi hijo, que sé que es una decisión que mi mamá hubiese aprobado. Curiosamente, ese año, brotaron muchas margaritas en mi jardín, que eran las flores preferidas de mi mamá.
Los meses pasaron, y yo descubrí que estaba embarazada el 1ro de Marzo de 2010, tres días después del terremoto que sacudió a todo Chile. Juan Pablo estaba ahí, aferrado a la vida, creciendo. En ese momento no sabíamos que era Juan Pablo, pero era alguien… algún milagro en camino. Un milagro que mi mamá no conocería, pero que cuidaría desde donde estuviera.
Los meses pasaron y la panza crecía y crecía, hasta que en Septiembre partí a Buenos Aires. No hay nada como un hijo rozagante y argentino, y así fue. El primero en conocerlo fue mi papá. No le vi la cara, porque yo todavía no llegaba a la habitación, pero me imagino su expresión. Sonrisa loca diciendo “es divino, es genial”, frase que repetiría todos los días incansablemente por dos meses. Aclaro que no es que mi marido no haya querido estar, pero no consiguió pasaje para Argentina y lo conoció apenas unas horas después.
Al salir del hospital, llegué a mi casa, le pasé al bebé a mi viejo, y como una simbiosis perfecta, lo acostó en su pecho y se durmieron 3 horas de siesta juntos. Fue un gran momento. De alegría. Lo curioso es que mi mamá no estaba, pero estaba… Juan Pablo, cuando yo lo ponía en mis rodillas, miraba por encima de mi hombro derecho y se reía, y se reía con ganas, a pesar de que tenía días. Siempre pensé que miraba a mi mamá. Y que juntos se divertían.
Mi padre me acompañó durante los dos primeros meses de Juan Pablo. Los dos aprendimos mucho. Él me enseñó como calmarlo, como hacerlo dormir, como le gustaba que lo hamacaran… se pasó las mismas horas que yo sin dormir, pero diciéndome “es divino, es un genio, mira que lindo que es”. Solo los abuelos pueden decir esas cosas a las 5 de la mañana. Él lo acurrucó y se lo puso en el pecho diciendo “mirá, ahora se duerme, es que quiere venir conmigo”. Mi papá lo apodó Divinisimo Pirulete, apodo que hasta hoy repetimos todos. Quizás mi hijo me odie algún día, pero sabrá comprender.
A los dos meses de nacer Juan Pablo, mi papá se enfermó. Quizás fue mi mamá que después de casi 40 años juntos, lo extrañaba y reclamaba su presencia… no lo sé. No la culpo. Mi papá murió el 28 de Enero, de un día soleado. En Santiago hacia mucho calor, yo estaba con Juan Pablo en la pileta cuando me llegó la noticia. Solo recuerdo dolor, y vacío y desesperación. Al contrario de lo que pasó con mi mamá, lloré a los gritos, me tomé 20 latas de cerveza y amanecí pensando que no podía ser cierto. El cuerpo adolorido, la mente lenta, y mi vida en cámara lenta. Y de vuelta al maldito avión.
La diferencia esta vez, fue que Juan Pablo se encargó de alegrarme el viaje. No sé como hizo pero con tres meses, se encargó de darme un repertorio de risas y de carcajadas que terminaron filmadas en el aeropuerto. Insólito.
Llegar a Buenos Aires fue una verdadera tortura. Esa ciudad que hasta ese momento albergaba los mejores y mas felices momentos de mi vida, hoy me veía, literalmente, huérfana. Huérfana de las dos personas más importantes de mi vida. De las dos personas que me dieron alas para volar, pero que tuvieron el cuidado de volar a mi lado, para que cada aterrizaje fuera suave y lento. En alguna charla con mi papá, entre un vino y otro, nos confesamos mutuamente nuestro amor, y decidimos que seria eterno, pero con respeto por las decisiones tomadas.
La despedida fue simplemente impactante. A pesar del dolor, comprendí la cantidad de gente que lo quería, que lo respetaba… y sobre todo, me di cuenta que él había sido honesto y grande, no solo son su familia, sino en su vida entera. Hoy miro hacia atrás, y simplemente pienso que fue una gran persona con grandes cualidades, respetado, querido, honesto y con un gran sentido del deber.
Volver al departamento donde vivieron mis viejos, fue muy triste. Ver en cada lugar como se fue tejiendo nuestra vida de familia, como cada recuerdo afloraba... las plantas de Chona, los libros de Tejada… la construcción de una vida juntos. La dedicación a una familia, el compromiso que tuvieron con cada uno de nosotros. En algún momento me senté en el living, sola, y miré alrededor… 40 años… 40 años de lucha, de dar la pelea, de sentarse a pensar en nuestros problemas, de compartir nuestras alegrías y logros. Cuarenta años.
Hoy escribo esto entre lágrimas, pero no estoy triste. Escribo esto como un recordatorio de que se puede ser feliz toda la vida, de que podemos bailar y cantar en el living de casa con nuestros hijos sin que nos tilden de locos, escribo pensando en que las risas y los chistes quedan, en que los abrazos permanecen, en que las caricias, pueden sentirse mucho mas allá de lo físico. En que los consejos siempre serán escuchados y recordados y sobre todo pensando en lo privilegiada que fui.
Hoy miro a mi hijo, que es un calco de mi papá, y pienso en lo que me queda por hacer, por darle, por brindarle. Estoy tranquila, pienso que sus abuelos lo cuidan, lo miran desde algún lugar un poco lejano, pero persisten las caricias y las risas… sino, no se explica tanta ternura y tanta alegría en un solo bebé. Él tiene esa mezcla perfecta. El me ha devuelto a las personas más importantes de mi vida, convirtiéndose él mismo, en el ser más importante de mi existencia.
Y con él, mi casa en Chile, es un poco mi hogar en Buenos Aires, mi lugar mullido y calentito, ese que tanto andaba buscando. No sé que será de nuestras vidas, pero seguramente, yo también lo llamaré todos los lunes, y espero tener la sabiduría y el tiempo, para volar a su lado… haciendo de cada aterrizaje, algo tan cómodo y tan placentero, que solo sea un espacio para juntar fuerzas y emprender un nuevo vuelo.
La Runner
La Runner
2 comentarios:
Hermosisimo post, me emociona mucho que puedas volcar tus sentimientos de una manera tan clara y hermosa. Te mando un beso muy grande, nena
Natalia.
Realmente se puede sentir a través de cada palabra, una terapia y una descarga, un millón de sentimientos que llegan directo al corazón.
Seguí!
Besos
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